29.4.26

El rey de Marigold



Recordé un texto de Pessoa cuando aparecieron por la curva del camino y vi que eran muchas, Maroto, y jóvenes. Todas cerilleras. Me pregunto ahora si hicimos bien reclutando tantas. Venían cantando por la vieja carretera que conduce a la capital y el sonido de sus voces era alegre. Creí que venían hacia aquí, a celebrar con nosotros lo ocurrido sobre el balcón presidencial pero, entonces, se desviaron hacia la cárcel. Agitaban pancartas y coreaban los nombres de Trozo y Morsa, que en prisión aguardan, petulantes, el fallo del Tribunal Supremo Unipersonal. Las escuché un rato a lo lejos. Primero con frialdad, después con incipiente rencor y, finalmente, con desasosiego portugués. ¿Qué causaba esa inquietud? ¿Era por su futuro? ¿Por su inconsciencia? No, feliz Maroto, no. Era directamente por ellas o, ¿quién sabe?, tal vez tan sólo por mí. 


Se perdieron sus voces en la distancia y todo quedó callado en mi parterre. Todo callado y quieto, como si el universo hubiera decidido que seguir adelante era un disparate. El viento, perplejo, era una bandera desganada, izada sobre el esqueleto de un cuartel al raso. La Historia, Maroto, escrita así, con mayúsculas, me decía que ya no me quería en medio de su alboroto. Quería ser solo rumor para mí, y que yo fuese, si me apetecía, un espectador más de ella. ¿Debí escucharla? ¿Puede uno rebelarse contra una fuerza tan poderosa? ¿La Historia, si pudiese pensar, se pararía? ¿Están buenos esos nísperos? Los hice traer desde Callosa d’en Sarrià para ti, Maroto, porque es de admirar cuánto te quiero. 


Fíjate ahora en ese mirlo. Qué frágil es la rama sobre la que se apoya. Sabes que yo siento vértigo -lo hemos hablado muchas veces-, mira, me sudan las manos. Ay, Maroto, temo que este viento desequilibre al pajarillo, que caiga entonces y se rompa el pico. Tú, sin embargo, ¿no sientes ninguna angustia? ¿Cómo lo consigues? Te envidio, cómo te envidio, cómo quisiera poder disfrutar así de un níspero y que me importasen un rábano el pobre mirlo, las cerilleras, las niñas descalzas, el ajedrez humano y las duquesitas... Escucha... ¿Llora un niño en Palacio? Oigo un llanto. Y un suspiro parecido al de los acróbatas, como decía Huidobro. Y ya no escucho a Diga la Única tocando el piano a los retoños en el salón. Esto es insufrible, Maroto. Todo me preocupa a la vez. 


Lo sensato, sin duda, sería quedarme en esta orilla donde sí hago pie. Retirarme de los propósitos y aspiraciones de la vida, dejar todo ello a tipos más amorales, incapaces e hiperexcitados, como el maldito sátrapa Polosco. Pero estoy hecho de mala arcilla. Como tú, Maroto. Como la Torrija, que tanto me enerva y saca lo peor de mí. Y ya ves: cuanto mayor es la distancia que me separa de Tomoyasville, cuanto más evito el contacto y más me arrincono, más se intensifica en mí una desbordante emotividad y los incidentes mínimos me sacuden como hecatombes. No puedo seguir así, por tentadora que sea esta vida apartada, por más agradable que sea estar viéndote comer níspero tras níspero. Navegar es preciso, Maroto. Lo decían los argonautas y así debe de ser. Mi mirada es fértil y ve infinidad de caminos dorados hacia Tomoyasville. Darle la vuelta a la situación no será difícil poniendo en práctica las artimañas habituales. Aún disponemos de agentes infiltrados por toda la República. Mira, por detrás de aquel seto se acerca ya la bella y ociosa Duquesa de Kirkcaldy que, como siempre, llega tarde y sonriente. Qué ambiciosa y bonita es. ¡Y qué rápido se ha quitado el disfraz de cerillera! Ve sacando el dossier sobre Trozo y Morsa. Todo irá bien. Y no creas que no me doy cuenta de que esas palmadas que me estás dando en la espalda no son para demostrarme tu apoyo, sino para limpiarte las manos pringosas de tanto pelar nísperos. 

5.4.26

Mientras podamos


El columpio. Jean-Honoré Fragonard. 1767


Hombre, Consejero Torrija, por fin se digna usted a aparecer con la podadora. Espabile de una vez, joder, que le envié al Caribe de Embajador y regresó usted especializado en mirar moscas. Y encima me trajo estos dichosos equisetos dominicanos que me están malogrando toda la rosaleda, hostias. Mire, vamos a sentarnos un rato en el poyete bajo la enramada porque me estoy alterando sobremanera. 


Qué sofoco por Dios. Anda, Torrija, sécame el sudor de la frente y ahórrate el chiste acerca de mi alopecia y la creciente superficie que hay que secar. Te reconozco que tenía su gracia cuando lo decías de mi cuñado mayor, pero ahora ya no me resulta divertido. No refunfuñes y coge la toalla. La de cuerpo entero, sí. 


Ay, ociosa y sarcástica Torrija, desde ayer estoy bastante alterado. ¿Quién me manda a mí contestar al Cretino Máximo en La Gacetilla? Dime tú, Torrija mía, para qué narices te quiero de Consejero Áulico si no frenas estos impulsos. Anda, tráeme el tabloide ése que quiero releerlo para mortificarme.


Escucha: “Comunicado de Tomoya I al usurpador Zeporro Máximo”... ¡Ay Dios Santo! Pero ¿no ves lo estomagante que soy? Qué ínfulas, joder. ¿Pero por qué escribo así si, en realidad, soy muy sencillo? ¡Corta esa petunia, diantres! ¿No ves que sobresale del seto y rompe toda armonía? Y espabila a los cisnes, que a estas horas tendrían que estar ya nadando grácilmente en el estanque de Perseo. ¿Pero tan difícil es contentarme? 


Escucha ahora esto: ¡”Bostezo de mármol”! ¿Pero qué narices es eso, Torrija? ¿Cómo me dejas escribir estas sandeces? Corrígeme, hombre, corrígeme y contenme cuando escribo, por favor te lo pido, que ya sabes que me desboco y creo ser un pope del surrealismo... ¿Que “mi vieja sangre se encabrita” ? ¿Pero si cada vez que pienso en Polosco y Gandul, sus zumbas y sus cráneos, me entra una pereza mortal y sufro descomposición de estómago? ¿No ves que yo simplemente quiero estar aquí, en mi rosaleda, y pasear a lomos de mi pony Claude entre tulipanes y campos de chufas? 


¡Ayuno de patria! Vamos, no me jodas, Tomoya I. Mucho me duele que su llorada capital Tomoyasville, hoy tiranizada por el sátrapa Zepporro, se haya convertido, como diría Morrissey, en un infierno indescriptible. Un desfile de cerilleras, limpiabotas, trileros, augures de mala muerte, lazarillos y deshollinadores; mimos, profanadores de tumbas y ortodoncistas callejeros; tunos, niñas descalzas de los Alpes, ratas muy gordas y tunos maquillados como mimos, harapientos todos y sumergidos en la carencia y el desconsuelo.


Pero, aunque ese desfile de imágenes torturadas me conmueve hasta la desesperación, Torrija querida, no dejes que mi alocado amor por la República Medusiana me separe de este edén en el exilio serrano. Soy muy feliz en Villa I, Me, Mine; mi Giverny privado con puente japonés sobre estanque de nenúfares, mi Manderley sin siniestra ama de llaves. Mira qué alegre está también Diga la Única, ora en su columpio rococó, ora en su invernadero de plantas carnívoras. Es conmovedor. 

Por cierto Torrija, antes de que se me olvide: el ajedrez humano del Parterre Sur lleva nueve días parado porque no consigo decidirme entre una defensa Caro-Kann o una Alekhine. Empecé la partida contra el Emérito Embajador Maroto y temo que las piezas se nos amotinen por inanición o aburrimiento. Yo soy indeciso, vale, lo acepto, pero Maroto es lentísimo decidiendo movimientos. Qué pesadez de hombre. Desde que se jubiló reparte su tiempo entre las endivias al roquefort y el pilates. Así que, Torrija querida, hazme el favor de llevar luego unas lionesas de chocolate a los peones más levantiscos para aplacar sus ansias de coronar. Joder, Torrija, a este prosecco le sobra otra vez un grado de temperatura. De seis a ocho grados es lo suyo, siempre te lo digo, caramba. Y en copa tulipán, por favor, no en este vaso de publicidad de Colacao. Dime, Torrija, ¿crees que podríamos enviar un desmentido a La Gacetilla? ¿Desabofetear lo abofeteado? Resultaría muy tedioso volver a las hostilidades. Los presidentes, ya se sabe, dicen una cosa y luego hacen la contraria sin ningún rubor. Aconséjame Torrija, por favor. 


Y vigílame de cerca a los jóvenes ministros Morsa y Trozo. Con la excusa de darle contenido a sus respectivas carteras de Propaganda y Cultura, están llevando una campaña obvia de autobombo en las calles de Tomoyasville grafiteando su nombre en cada tapia. Sé que esto molesta a Zepporro, pues las cerilleras y demás desdichados y buscavidas lo ven como un indicio de debilidad del régimen, una esperanza de insumisión, un sueño de ver al sátrapa peleando con las ratas gordas por un trozo de pan seco, y ello me place. Pero yo les sugerí que, de vez en cuando, pintaran también mi nombre con alguna elegante letra capitular fitomórfica iluminada con pan de oro, y se excusan en que es muy largo y gastan mucho espray. ¿Te lo puedes creer? No les quites ojo de encima que los veo ambiciosos y guapos. ¡Pero bueno Torrija! ¿Acaso buscas respuesta a todas mis tribulaciones en el vuelo de esa estúpida mosca mientras te cae la baba? Anda, alcánzame otra vez la herramienta y seamos felices mientras podamos.


3.2.08

Recuerdo de Palacio

El Señor del Sie7e, Keiko y Miyuki

Regresó ayer mi cuñado a lo lóbrego, a su cenagoso Señorío del Sie7e. Nuestro Palacio de estilo ecléctico-desaliñado se siente hoy mohíno. Diga la Única y yo mismo, Tomoya I, al cruzar las estancias de Villa Que me quede como estoy, advertimos cómo las lágrimas se remansan en los ojos de todo el personal de la corte, especialmente en los de las damas que cada noche se jugaban al piedra-papel-tijera cual de ellas calentaría su futón.

Estos cuatro meses, repletos de felicidad y contento, pródigos de anécdotas chocarreras, de horas entregadas a los más variados deleites sensuales, serán memoria corrosiva de nuestro tiempo futuro. Recordaremos entonces el alegre reencuentro a su llegada, el abrazo fraterno con Diga, la Diosa cargada de cestos con fiambre, los Oscuros Retoños persiguiendo baturros a las cortesanas. Inolvidables serán nuestras partidas de mah-jong con el hierático Mikado, el tiro con arco a la perca gigante, los baños termales en gozosa y desnuda turbamulta. Permanecerán indelebles en nuestras duras molleras sus lecciones sobre el Impuesto del Valor Añadido, su Estrategia Militar Oscura, las ricas propiedades alucinatorias de la mandrágora buñolense.

Ah, qué implacable Chronos, qué ineludible Ananké, qué inasible la arenilla del reloj, qué malevo el postrer segundo. Hoy, Diga llora, el Embajador Torrija llora, el desconsolado Rimbombante llora, las alegres cortesanas de luenga tarifa y breve memoria parlotean ya como si tal cosa y yo, talentoso e inspiradísimo, interpreto boleros con mi shamisen.


Desde el primer día supimos que esta vida tan despreocupada y voluptuosa terminaría desasosegando al Señor de lo Lóbrego, feliz en nuestro acogedor edén pero añorante de su jauría de escolopendras, su fantasmal roble y su caldero repugnante de babosas. La gota que colmó su vaso de sake fue la televisiva noticia de que el vesánico Zepporro Máximo celebraría la próxima edición del Festival de Eurovisión en el Cráneo de Ymir. Según la reportera, el privilegio fue conquistado en el anterior certamen donde presentose él mismo, vestido de Luis XIV y con coro de semidesnudas eslavas, interpretando una versión tirolesa del "Rumore, rumore".

No habían pasado sie7e mudos y espantados segundos desde que vimos en nuestra pantalla de plasma el divino Cráneo de Ymir coronado por un tocado frutal a lo Carmen Miranda y amenazado por potentes focos, cámaras y técnicos de sonido, cuando Gandul Sagaz, emitiendo un pavoroso ulular, se volatilizó en un torbellino de íncubos rumbo a Occidente. Tan repentino fue que ni el consuelo de un último abrazo nos quedó.

Cuñado, doquiera que te encuentres, cuenta con nosotros para la reconquista de tu infelicidad y de tu chirriar de molares. Y por cierto, recuerdos de la Diosa que, ante tu sorprendente marcha, aquí quedose pelando la pava con una divinidad sintoísta.



Te extrañamos todos.

7.10.07

De ordinario detesto al cuervo pero esta mañana...sobre la nieve


Querido cuñado:

bendigo el día en que el gracioso Dr. Milpupilas jugueteó en los quirófanos de Palacio con los rostros de Ramonet, Manolillo y María Unpajote. Los tres fueron previamente capturados por la Guardia Civil Zurda y Milpupilas los convirtió, con gran maestría, en dobles perfectos de Diga la Única, del Embajador Marmita y de un servidor. Ahora pagan su villanía y su condición esbirra escuchando las enumeraciones del burlado Cetrino. Un terrible chantaje ideado por nuestros servicios secretos logra que no revelen su verdadera identidad. Tres de los cuatro Oscuros Retoños que me son fieles se ofrecieron voluntarios a Milpupilas para, a su vez, mutar sus rostros en los de los falsos Ramonet, Manolillo y María Unpajote que cada día acompañan a Zepporro y del que me envían suculentos documentos gráficos que atesoro en una coqueta caja lacada.

Me duelen las circunstancias actuales de los habitantes de Tomoyasville pero los placeres que me ofrece la vida en territorio nipón y la distancia transiberiana que me separa del molesto cetrino me consuelan sobremanera.

Aquí ejercito mi caligrafía escribiendo haikus que cantan la belleza de lo cotidiano, compongo bellos arreglos florales que decoran el tokonoma de nuestra suite presidencial y me he pasado del violín al shamisen. En el jardín de piedra, contiguo a mis dependencias, he recreado con musgo, grava, rocas y pequeños estanques, los mínimamente añorados dominios de la República. Un grotesco sapo de piedra sobre el área que representa la Metrópoli Medusiana me recuerda la presencia del Mal y de la Idiocia. Pero de momento no creo que vuelva a combatirlo, me cansan y me dan pereza sus abyectas argucias y también debo, desatendiendo la Res Pública, procurar una vida gozosa a mis más próximos: Diga la Única, Marmita y el Oscuro Retoño que me queda y que tantas alegrías me da.

Pero no nos excusemos en ello. Tú lo diagnosticaste certeramente: el hedonismo es mi pecado.

Sé que Rimbombante te extraña y también, por supuesto, tu hermana Diga. Sé que te gustarían estas tierras politeístas de variopintos cultos. Incluso la Diosa, a buen seguro, encontraría parientes por aquí. Entiende estas palabras como una invitación a que nos visitéis. Rimbombante está deseando hacer un retrato de grupo al estilo de la Familia de Carlos IV. Tiene una bonita gama de pigmentos negros humo y blancos fémur a ti destinada. No receles de mis intenciones. Tu hermana y tu condición no me permitirían que te tocase un pelo de la cabeza.

Si aceptas nuestra invitación prohibiremos la presencia de pescado crudo en toda la ciudad. El Tren Bala Presidencial está dispuesto para recogerte donde digas. Las geishas corretean por Palacio con pasitos breves locas de contento ante la posibilidad de tu visita.

Me despediré con un haiku de mi cosecha:

Luna llena de otoño
sobre el vil sapo
pego un moco

Te esperamos,

Tomoya Sensei

26.5.07

El Músculo Insomne

Salón de los Graznidos del abyecto Zepporro

Plaza de la Abogada Ascensión Xirivella. La multitud llena el lugar a excepción de un estrecho pasillo que protege la Guardia Civil Zurda. En las esquinas de la plaza se queman viejas banderas con el escudo de Zepporro: una caca sobre fondo rojiblanco. Filaes de comparsas moras y sus respectivas bandas de música, bien provistas de timbales y trompetas, bellas patinadoras de inverosímiles piruetas ingrávidas, colegialas nínfulas de todas las Escuelas Públicas del Estado Medusiano con carpetas en el pecho, rosas en la cara y falditas plisadas de cuadros escoceses, camareros finalistas de las carreras-con-bandeja y bailarinas cariocas con frutales tocados abren paso al Seat Arosa descapotable del Presidente, que conduce Diga la Única, y en cuyo asiento trasero, Tomoya I y Torrija Zen, dialogan, comen pipas y saludan a los ciudadanos liberados.


TORRIJA: ¿Acaso duerme el músculo?
TOMOYA I: El músculo de la República es insomne y siempre está presto a propagar la felicidad de nuestro Estado de Bien Estar y Mejor Aparentar.
TORRIJA: ¡Qué desnutridos los tenía el vesánico Zepporro! ¡Qué arquitectura infecta han tenido que sufrir! Fíjate, Presidente, en ese horrible mamotreto de trencadís que representa una descomunal mandíbula rojiblanca. ¡Qué felices se les ve destrozándolo!
DIGA LA ÚNICA (girándose): No olvidéis saludar con vuestras manitas, calva una, pilosa la otra, a estas buenas gentes que os quieren. ¿Paro un instante y besáis unos niños?
TOMOYA I: Sin duda, sí. Aproximadme éste que se le ve limpio (señala un niño de entre los muchos que le son ofrecidos, le besa en la frente y lo alza graciosamente al cielo). Pequeño, juro ante tus progenitores, vecinos y conciudadanos, que nunca más estarás desnutrido, que la señal de la muy educativa Televisión Republicana llegará sin interferencias a tu hogar que dispondrá, como el de todos los ciudadanos de la República, de piscina olímpica cubierta, spa, mesa de billar y mueble-bar estilo fifties, y que tu adolescencia nunca será difícil pues las roscas estarán aseguradas por nuestra Administración y los granos perfectamente tratados por los gabinetes de estética medusianos.

(Ovación máxima)

TOMOYA I: ¡Ciudadanos de la República! ¡La pesadilla zeporriana máxima ha sido expulsada de estas tierras! ¡No más abdominales al mediodía! ¡No más pantallas gigantes retransmitiendo incansablemente las canciones balcánicas de Eurovisión! (Sin poder contener las lágrimas, el puño crispado) ¿Cómo? ¿Cómo habéis podido soportar tanto horror? ¿Cómo no vinimos antes a liberaros de este régimen norcoreano?

(Ovación recontramáxima)

TOMOYA I: (Sentándose de nuevo en el Arosa y enjugándose las lágrimas) Hemos sido blandos, Torrija Zen, hemos sido injustos abandonando a esta gente. Se me parte la sínfisis del púbis. No podemos permitir una nueva zeporrización en nuestra playa de la Malvarrosa... (Gritando y algo sobreactuado) ¡Cruel Zepporro, viejo loco vanidoso, girarás y girarás en la infernal rueda eterna de la soberbia cochina!
TORRIJA (ráscandose el cuello): Y yo lo veré, por estar siempre palote, mientras me asfixio eternamente en azufre y gasolina. Maldita sea mi estampa y benditas las minifaldas todas, también, si me lo permite, la suya, Presidenta Diga.
DIGA LA ÚNICA (frenando el Arosa ante la puerta de lo que fue hogar de Zepporro Máximo): Permitido le es el piropo, adulador diplomático, mas no le es necesario regalar nuestros oídos pues bien sabe que el Presidente le tiene un aprecio sin fisuras y sin sensatez. Amado mío, love me forever, ya me cansa tanta vuelta y griterío, tanto pétalo de alcachofa. Quizás fuese llegado el momento de mostrarnos en el balcón de la que fue morada del desleal Zepporro y traer ilusión a nuestros hambrientos conciudadanos.
TOMOYA I (incorporándose y saludando a los ciudadanos): Dices bien, Diga. Bien se dice que Diga siempre dice lo que decir toca y bien dicho lo dice Diga. Dejemos aquí nuestro Arosa, the Earth Force One, que con tanto giro a la plaza la carrera de camareros anda desnortada y temo por sus sifones de agua de seltz.
TORRIJA (cerrando la puerta con gesto aburrido): ¿Y dices que el Señor del Sie7e, tu alucinado cuñado, piensa visitar la Malvarrosa en día-de-no-fritanga para beber una Franciskaner con Zepporro y recoger información de su afeminado espía?
TOMOYA I (repentinamente alterado): ¡Así es y se me revuelve la nuez al imaginar tanta hez en la playa donde jugó mi niñez!
TORRIJA: ¡Pardiez!
TOMOYA I (girándose bruscamente y señalando con el índice al Embajador): ¡Vas a ir allí, Embajador Torrija! Así lo tengo decidido. Les llevarás unas onion-bahji en señal de buena voluntad y acordarás las condiciones para disputar un partido de tenis-plahia en el pequeño maracaná que el cetrino ha construido en la Malvarrosa, una partida de póker en el Cráneo de Ymir, una de petanca en esta recuperada Plaza de Ascensión Xirivella, una de parchís en el Café Polícromo de la Plaza del Cerdo y otra de pistolas-láser en el Centro Comercial Lumièrópolis que la malvada Mandíbula calculó y mancilló de modo innombrable. Quien gane la competición, o sea yo, continuará en su puesto de Presidente y los otros dos, hermanados y olvidadas rencillas pretéritas, formarán parte de mi Consejo De No Tan Sabios y Sí Un Poco Cretinos (el CDNTSYSUPC) o serán enviados a una remota delegación diplomática.
DIGA LA ÚNICA (sensata): ¡Tente, amado! Recuerda que tu juego tenístico es bello pero improductivo, que la ludopatía con los naipes te ofusca el entendimiento, que si este barbudo diplomático se cruza con buena moza no vuelve y que no sería la primera vez que hay que montar un gran despliegue militar por su incontinencia verbal y seminal.
TOMOYA I (meditabajo y cabizbundo): Diga dice bien probablemente. Pero la situación se enquista y aburre. Yo quiero mi playa, me duelen mucho los tendones, hay previsto un Campeonato Europeo Universitario de Voley-Playa y no me conformo, no, no me conformo.
Tú, Embajador, eres mi galante mimosín y tengo una estúpida fe puesta en ti. Ve, Torrija mía, alado mensajero de curva praxiteliana, amigo de los pulpos, no te cruces con la Srta. Unpajote, lleva mi mensaje a los malevos y sea lo que tenga que ser.

(Tomoya I, Torrija y Diga la única, atravesando ya el salón zepporriano que da paso al balcón de la arenga)

DIGA LA ÚNICA (mirando a su alrededor con un mohín de disgusto): ¡Qué mal gusto! ¿Lo repintaremos, verdad?
TOMOYA I: El embajador de la República en Barcelona, no sé por qué, me ha sugerido un alicatado hasta el techo para este salón, otrora llamado de los Graznidos, pues es donde Zepporro tenía instalado un karaoke con el que torturaba a sus súbditos desde el balcón. Es una petición sorprendente y de dudoso gusto pero ya que no pide demasiado se lo concederé. (Extendiendo someramente un brazo) Abre el balcón, Torrija, que allá voy.

(Ovación de la releche y lluvia de las acostumbradas hortalizas)

TOMOYA I (asomándose y extendiendo ambos brazos): ¡Xirivellenses, qué feo y malo era Zepporro!

30.3.07

Acto segundo. Escena primera


Personas del Acto Segundo

TOMOYA I
EMBAJADOR TORRIJA
DIGA LA ÚNICA
TRES TOMATES DEL PERELLÓ
SRTA. MARIA UNPAJOTE
UNA BERENJENA
MANUEL DE LA CALVA

Salón Gasparini de Palacio. Bonitos retratos de Tomoya I, ecuestres unos, reclinado en su chaise-longue los otros, y también una bonita escena pastoril de Diga la Única, rodeada de cabras y con su chihuahua favorito en brazos, ornan las paredes. Por los amplios ventanales, abiertos de par en par, entran todo tipo de hortalizas, bonita ofrenda que los simpáticos habitantes de Tomoyasville hacen a su Presidente.
Tomoya I y el Embajador Torrija pasean por la estancia evitando pisar berenjenas, tomates y garrofó.

TORRIJA: Te adoran Presidente.
TOMOYA I: Lo sé, azucarada Torrija, ello es evidente.
TORRIJA (observándose los nudillos): Es esta magnificencia, este entarimado de bambú chino, nuestra fértil huerta, lo que Zepporro añora. Sin mencionar lo cuadrogénico que quedas en los óleos, Presidente. Recuerda que el pobre Zepporro Máximo siempre tenía que hacerse retratar en formatos panorámicos, para que cupiese su Mandíbula Máxima.
TOMOYA I: Eso es así, zalamero Embajador, fritos tenía a los Pintores Presidenciales que veían cómo menguaba su cotización en las casas de subastas por el horripilante perfil de susodicho modelo. Desde Carlos II el Hechizado no se había visto mentón similar.
TORRIJA (rascándose el cuello): ¡Ah, la envidia cetrina, qué cetrina es! Por no mencionar al otro descerebrado, sus ojos en blanco, su burda estrategia de crispación y conspiración, su barato Ministerio de Propaganda que apenas puede pagar una botella de Marmitón a un músico ambulante para que le componga un festivo vejamen.
TOMOYA I: Bueno, hay que reconocerle al músico etílico que estuvo cumbre con aquello de...

(Tomoya I cantando con melodiosa voz)

“Llamó el amor y con María
toó wena estaba, la tía jodía. (wena jodía)”

TORRIJA (haciendo coros): ...wena jodía...
TOMOYA I: Y qué me dices, piloso Embajador, del patético manuscrito falso que delata el terrible parkinson de mi cuñado. Yo en el fondo le aprecio y me duele ver su estado físico y psíquico, pues Nacida Igual no es en balde nacida igual a él, si bien los iris de mi amada son redundantemente iridiscentes y no hay, de momento (tocando madera), síntomas de padecer ese terrible mal ni de sufrir demencia senil.

(entra por la derecha DIGA LA ÚNICA con un bonito miriñaque)

DIGA LA ÚNICA: Las mijillas, las mijillas...¡Resoplan!
TOMOYA I: ¡Querida, por favor! ¡No es necesario simular ahora enajenación ni envío de mensajes ocultos a su hermano D. Régulo Vientre Plano! Observa que no hay Oscuros Retoños Espías en este Salón Gasparini y ya sabes que el Embajador Torrija es de una fidelidad insobornable.
DIGA LA ÚNICA: ¡Embajador Torrija! ¡Dichosos los ojos que le ven tan fornido, tan vestido a la par que velludo y con sus acostumbradas manías!
TORRIJA (peinándose el vello de sus falanges primeras): Dichoso este humilde diplomático al contemplar tamaña beldad, cara de la cruz que, con perdón, es su hermano de usted.
DIGA LA ÚNICA: ¡No hable así de mi alucinado pero querido hermano! ¿Así es como paga el dulce tormento con que gentilmente le obsequió? Dígame, Embajador Torrija ¿un café?
TORRIJA: Sí.
TOMOYA I (señalando el suelo): ¡Deteneos! ¡Mirad a vuestros pies!
DIGA LA ÚNICA y TORRIJA (al unísono): ¡Medusa Divina! ¡Tres magníficos tomates del Perelló!
TOMOYA I: ¡Y habéis estado a punto de pisarlos, insensatos! Yo, por los poderes que me otorgo, propongo lo siguiente, hagamos una bonita Sentadilla Cómica y recojámoslos.

(Hacen la sentadilla y los recogen)

TORRIJA (admirado): Son magníficos. Los ciudadanos de Tomoyasville sin duda os adoran, Presidente.
TOMOYA I: Pediré cuchillos, platos, aceite y sal. ¡Chambelán! (y da dos palmadas)

(entra por la izquierda MARÍA UNPAJOTE)

TOMOYA I, DIGA LA ÚNICA y TORRIJA: ¡María! ¡Tú! ¡Qué rápido!

(cantan)

“toó wena estaba, la tía jodía. (wena jodía)”

MARÍA UNPAJOTE (cimbreándose): Sí. Yo. Ya estoy aquí, corazones.
TORRIJA (con gesto de arremangarse): ¿Pues no deberías estar retozando con Zepporro Máximo según lo acordado?
MARÍA UNPAJOTE: ¿A qué viene tanta sorpresa? ¿A qué tanto tomate? Toda la República conoce la fugacidad de los desahogos zeporrianos.
DIGA LA ÚNICA (los ojos en blanco): Las mijillas, las mijillas...¡Resoplan!
TOMOYA I: ...tranquila querida, tampoco ahora es necesario el fingimiento... ¡Gran Medusa, cuánto teatro! ¡Acabaremos todos locos! Qué duda cabe que este aburrido juego de agentes dobles y triples acaba confundiendo incluso a una mente tan preclara como la tuya, amada Diga. Qué hastío, qué follón, qué jaleo, qué enloquecido juego de espejos, ora cóncavos, ora convexos, qué delirante guión de novela negra chandleriana... ¡Todos, todos espías, todos agentes triples, todos cobrando, todos dando, todos recibiendo, todos intercambiando fluídos, favores, genes, cromos, insultos! ¡Qué desatino, cuánta maldad y egoísmo, cuánta vanidad, lujuria, gula y pereza, cuánto amancebamiento, qué tiberio, qué... (haciendo una sentadilla se agacha y recoge una berenjena)...¡Qué berenjenal!

(alzando los brazos al cielo)
¡Gran Medusa, qué harta debes estar! ¡Si hemos pecado, si de ti no somos dignos, manifiéstate!

(Suenan cuatro golpes en la puerta derecha)

TODOS (abrazándose y rascando el cuello al Embajador Torrija): ¡Oh!

(se abre la puerta y entra MANUEL DE LA CALVA)

TODOS: ¡Manolillo!
MANUEL DE LA CALVA: Presidente Tomoya, según lo acordado le traigo información del Condado de Ascensión Xirivella, la población está nerviosa, se dice, se cuenta...
TOMOYA I (cogiéndole de los hombros): Cuéntame Manolillo, cuéntame. ¿Qué se murmura? ¿Cómo está mi buen Zepporro? ¿Y Zar Polosco? ¿Acaso no son el mismo? ¿Sigue feliz, felicísimo, en su locura? ¿Qué se comenta, qué se bisbisea entre tintorro y tintorro? Dime fiel Manolillo ¿qué se canta?
MANUEL DE LA CALVA (cantando):

“un inglés dijo yeyé y un francés dijo lalá”

TODOS: ¡Qué condición tan mudada!


(siguen entrando hortalizas por los ventanales, como durante toda la escena, y el suelo está lleno de ellas)


TELÓN. FIN DEL ACTO SEGUNDO, ESCENA PRIMERA.

23.3.07

Variatio delectat


Querido Cuñado (no el séptimo, pero sí uno de mis sie7e cuñados):

Es en la desgracia cuando alcanzas cotas más altas de lirismo, cuando te muestras impepinablemente humano, demasiado humano como diría tu querido Nietzsche. La nobleza de la caída, la triste estampa del perdedor, te recubre con una pátina de color aceitunado y reflejos dorados que te hacen aun más atractivo. Bogart lo convirtió en un arquetipo y no veo por qué a ti no deba funcionarte igual de bien. No desesperes, tienes el porte, la mirada triste y el bonito ademán del fumador melancólico.

He visto a María, por delante y por detrás, y puedo comprender tu desespero. Por mi proverbial empatía puedo sentir asimismo la noche que sientes negra como su ausencia, el frío que te hiere como puñal vengador. Del mismo modo puedo entender la enajenación de mi Embajador y puedo prever su deriva futura hacia vulgar pelele. Nada se puede hacer ya por él, sólo celebrar su éxtasis actual y contener en lo posible su reguero de baba. Carpe diem y el vivo al bollo.

Pero si, tras nuestro inocente desencuentro, puedes aceptar un humilde consejo de cuñado que ama a la que es Nacida Igual a Vos, no te muestres débil ante la causante de tu desgracia (Zar puede darte clases de despecho, ha cursado un Máster). Ignórala, preséntate con tu mejor y más negro uniforme a su boda (el de la cabra primigenia bordada en hilo dental), y no cometas la vulgaridad de hacerte acompañar por sinuosa mujer, es un recurso demasiado obvio. Preséntate sin nadie de tu brazo, libre, arrogante y con paso firme, con una cordialidad indiferente y elegante en el gesto.

Veo que a Zar, como no podía ser de otro modo, le ha alegrado la felicidad amorosa del Señor del Cafesí que se une a la felicidad oceánica de toda Ascensión Xirivella. Ya resuenan las trompetas en las ubérrimas tierras de la República, ya todos sus habitantes practican la Sentadilla Cómica, ya se han enviado invitaciones a todos los mandatarios del planeta, ya la guerra ha terminado.


La primavera ha llegado justo a tiempo y Carmen Miranda y la Orquesta de Benny Goodman ensayan su actuación para la ceremonia.

Cuñado mío, celebrémoslo y con nuestro abrazo ante la prensa sellemos la paz. El Consejo de Ministras está redactando un generoso Plan Tomoya de Reconstrucción del Señorío del Sie7e (PTRSS).

Sí, Zepporro mío, tú lo has dicho, viva el amor.