29.4.26

El rey de Marigold



Recordé un texto de Pessoa cuando aparecieron por la curva del camino y vi que eran muchas, Maroto, y jóvenes. Todas cerilleras. Me pregunto ahora si hicimos bien reclutando tantas. Venían cantando por la vieja carretera que conduce a la capital y el sonido de sus voces era alegre. Creí que venían hacia aquí, a celebrar con nosotros lo ocurrido sobre el balcón presidencial pero, entonces, se desviaron hacia la cárcel. Agitaban pancartas y coreaban los nombres de Trozo y Morsa, que en prisión aguardan, petulantes, el fallo del Tribunal Supremo Unipersonal. Las escuché un rato a lo lejos. Primero con frialdad, después con incipiente rencor y, finalmente, con desasosiego portugués. ¿Qué causaba esa inquietud? ¿Era por su futuro? ¿Por su inconsciencia? No, feliz Maroto, no. Era directamente por ellas o, ¿quién sabe?, tal vez tan sólo por mí. 


Se perdieron sus voces en la distancia y todo quedó callado en mi parterre. Todo callado y quieto, como si el universo hubiera decidido que seguir adelante era un disparate. El viento, perplejo, era una bandera desganada, izada sobre el esqueleto de un cuartel al raso. La Historia, Maroto, escrita así, con mayúsculas, me decía que ya no me quería en medio de su alboroto. Quería ser solo rumor para mí, y que yo fuese, si me apetecía, un espectador más de ella. ¿Debí escucharla? ¿Puede uno rebelarse contra una fuerza tan poderosa? ¿La Historia, si pudiese pensar, se pararía? ¿Están buenos esos nísperos? Los hice traer desde Callosa d’en Sarrià para ti, Maroto, porque es de admirar cuánto te quiero. 


Fíjate ahora en ese mirlo. Qué frágil es la rama sobre la que se apoya. Sabes que yo siento vértigo -lo hemos hablado muchas veces-, mira, me sudan las manos. Ay, Maroto, temo que este viento desequilibre al pajarillo, que caiga entonces y se rompa el pico. Tú, sin embargo, ¿no sientes ninguna angustia? ¿Cómo lo consigues? Te envidio, cómo te envidio, cómo quisiera poder disfrutar así de un níspero y que me importasen un rábano el pobre mirlo, las cerilleras, las niñas descalzas, el ajedrez humano y las duquesitas... Escucha... ¿Llora un niño en Palacio? Oigo un llanto. Y un suspiro parecido al de los acróbatas, como decía Huidobro. Y ya no escucho a Diga la Única tocando el piano a los retoños en el salón. Esto es insufrible, Maroto. Todo me preocupa a la vez. 


Lo sensato, sin duda, sería quedarme en esta orilla donde sí hago pie. Retirarme de los propósitos y aspiraciones de la vida, dejar todo ello a tipos más amorales, incapaces e hiperexcitados, como el maldito sátrapa Polosco. Pero estoy hecho de mala arcilla. Como tú, Maroto. Como la Torrija, que tanto me enerva y saca lo peor de mí. Y ya ves: cuanto mayor es la distancia que me separa de Tomoyasville, cuanto más evito el contacto y más me arrincono, más se intensifica en mí una desbordante emotividad y los incidentes mínimos me sacuden como hecatombes. No puedo seguir así, por tentadora que sea esta vida apartada, por más agradable que sea estar viéndote comer níspero tras níspero. Navegar es preciso, Maroto. Lo decían los argonautas y así debe de ser. Mi mirada es fértil y ve infinidad de caminos dorados hacia Tomoyasville. Darle la vuelta a la situación no será difícil poniendo en práctica las artimañas habituales. Aún disponemos de agentes infiltrados por toda la República. Mira, por detrás de aquel seto se acerca ya la bella y ociosa Duquesa de Kirkcaldy que, como siempre, llega tarde y sonriente. Qué ambiciosa y bonita es. ¡Y qué rápido se ha quitado el disfraz de cerillera! Ve sacando el dossier sobre Trozo y Morsa. Todo irá bien. Y no creas que no me doy cuenta de que esas palmadas que me estás dando en la espalda no son para demostrarme tu apoyo, sino para limpiarte las manos pringosas de tanto pelar nísperos. 

5.4.26

Mientras podamos


El columpio. Jean-Honoré Fragonard. 1767


Hombre, Consejero Torrija, por fin se digna usted a aparecer con la podadora. Espabile de una vez, joder, que le envié al Caribe de Embajador y regresó usted especializado en mirar moscas. Y encima me trajo estos dichosos equisetos dominicanos que me están malogrando toda la rosaleda, hostias. Mire, vamos a sentarnos un rato en el poyete bajo la enramada porque me estoy alterando sobremanera. 


Qué sofoco por Dios. Anda, Torrija, sécame el sudor de la frente y ahórrate el chiste acerca de mi alopecia y la creciente superficie que hay que secar. Te reconozco que tenía su gracia cuando lo decías de mi cuñado mayor, pero ahora ya no me resulta divertido. No refunfuñes y coge la toalla. La de cuerpo entero, sí. 


Ay, ociosa y sarcástica Torrija, desde ayer estoy bastante alterado. ¿Quién me manda a mí contestar al Cretino Máximo en La Gacetilla? Dime tú, Torrija mía, para qué narices te quiero de Consejero Áulico si no frenas estos impulsos. Anda, tráeme el tabloide ése que quiero releerlo para mortificarme.


Escucha: “Comunicado de Tomoya I al usurpador Zeporro Máximo”... ¡Ay Dios Santo! Pero ¿no ves lo estomagante que soy? Qué ínfulas, joder. ¿Pero por qué escribo así si, en realidad, soy muy sencillo? ¡Corta esa petunia, diantres! ¿No ves que sobresale del seto y rompe toda armonía? Y espabila a los cisnes, que a estas horas tendrían que estar ya nadando grácilmente en el estanque de Perseo. ¿Pero tan difícil es contentarme? 


Escucha ahora esto: ¡”Bostezo de mármol”! ¿Pero qué narices es eso, Torrija? ¿Cómo me dejas escribir estas sandeces? Corrígeme, hombre, corrígeme y contenme cuando escribo, por favor te lo pido, que ya sabes que me desboco y creo ser un pope del surrealismo... ¿Que “mi vieja sangre se encabrita” ? ¿Pero si cada vez que pienso en Polosco y Gandul, sus zumbas y sus cráneos, me entra una pereza mortal y sufro descomposición de estómago? ¿No ves que yo simplemente quiero estar aquí, en mi rosaleda, y pasear a lomos de mi pony Claude entre tulipanes y campos de chufas? 


¡Ayuno de patria! Vamos, no me jodas, Tomoya I. Mucho me duele que su llorada capital Tomoyasville, hoy tiranizada por el sátrapa Zepporro, se haya convertido, como diría Morrissey, en un infierno indescriptible. Un desfile de cerilleras, limpiabotas, trileros, augures de mala muerte, lazarillos y deshollinadores; mimos, profanadores de tumbas y ortodoncistas callejeros; tunos, niñas descalzas de los Alpes, ratas muy gordas y tunos maquillados como mimos, harapientos todos y sumergidos en la carencia y el desconsuelo.


Pero, aunque ese desfile de imágenes torturadas me conmueve hasta la desesperación, Torrija querida, no dejes que mi alocado amor por la República Medusiana me separe de este edén en el exilio serrano. Soy muy feliz en Villa I, Me, Mine; mi Giverny privado con puente japonés sobre estanque de nenúfares, mi Manderley sin siniestra ama de llaves. Mira qué alegre está también Diga la Única, ora en su columpio rococó, ora en su invernadero de plantas carnívoras. Es conmovedor. 

Por cierto Torrija, antes de que se me olvide: el ajedrez humano del Parterre Sur lleva nueve días parado porque no consigo decidirme entre una defensa Caro-Kann o una Alekhine. Empecé la partida contra el Emérito Embajador Maroto y temo que las piezas se nos amotinen por inanición o aburrimiento. Yo soy indeciso, vale, lo acepto, pero Maroto es lentísimo decidiendo movimientos. Qué pesadez de hombre. Desde que se jubiló reparte su tiempo entre las endivias al roquefort y el pilates. Así que, Torrija querida, hazme el favor de llevar luego unas lionesas de chocolate a los peones más levantiscos para aplacar sus ansias de coronar. Joder, Torrija, a este prosecco le sobra otra vez un grado de temperatura. De seis a ocho grados es lo suyo, siempre te lo digo, caramba. Y en copa tulipán, por favor, no en este vaso de publicidad de Colacao. Dime, Torrija, ¿crees que podríamos enviar un desmentido a La Gacetilla? ¿Desabofetear lo abofeteado? Resultaría muy tedioso volver a las hostilidades. Los presidentes, ya se sabe, dicen una cosa y luego hacen la contraria sin ningún rubor. Aconséjame Torrija, por favor. 


Y vigílame de cerca a los jóvenes ministros Morsa y Trozo. Con la excusa de darle contenido a sus respectivas carteras de Propaganda y Cultura, están llevando una campaña obvia de autobombo en las calles de Tomoyasville grafiteando su nombre en cada tapia. Sé que esto molesta a Zepporro, pues las cerilleras y demás desdichados y buscavidas lo ven como un indicio de debilidad del régimen, una esperanza de insumisión, un sueño de ver al sátrapa peleando con las ratas gordas por un trozo de pan seco, y ello me place. Pero yo les sugerí que, de vez en cuando, pintaran también mi nombre con alguna elegante letra capitular fitomórfica iluminada con pan de oro, y se excusan en que es muy largo y gastan mucho espray. ¿Te lo puedes creer? No les quites ojo de encima que los veo ambiciosos y guapos. ¡Pero bueno Torrija! ¿Acaso buscas respuesta a todas mis tribulaciones en el vuelo de esa estúpida mosca mientras te cae la baba? Anda, alcánzame otra vez la herramienta y seamos felices mientras podamos.