TRIBUNAL SUPREMO DE LA PENA, PENITA, PENA.
ACTO ÚNICO: JUICIO ORAL Y FALLO IN VOCE (À LA MANIÈRE DE SATIE).
DECLARACIÓN PRESTADA POR LA DUQUESA DE KIRKCALDY ANTE EL JUEZ ABSOLUTO Y ÚNICO: SU ALTEZA GUAPÉRRIMA E ILUSTRÍSIMA TOMOYA PRIMERO DE AQUÍ Y QUINTO DE SU CASA.
JUEZ TOMOYA: ... A ver, Margarita... digo, Duquesa de Kirkcaldy, ¿cuál es su función dentro de la estructura de pagos de la Seguridad Nacional Medusiana?
DUQUESA DE KIRKCALDY (avec sonatine bureaucratique): Mi función es gestionar los Fondos Reservados de la sección denominada «Oposición Controlada». En el caso que aquí nos ocupa yo era la persona encargada de asegurar que los acusados tuvieran los recursos necesarios para mantener su fachada de revolucionarios.
JUEZ TOMOYA: ¿Afirma usted entonces que el dinero que recibían los investigados no provenía del Gran Cetrino sino de este Gobierno en el Exilio que Yo presido y represento?
DUQUESA DE KIRKCALDY: Exactamente. El insoportable sátrapa, llamado por su oprimido pueblo «el Gran Orinonauta» porque tiene la vejiga de un canario, no era el que enviaba los lingotes de oro a cambio de toblerones a las cuentas de Trozo y Morsa en Ginebra. Aquí tengo los comprobantes de transferencia al Strudel, Bratwurst & Liquid Assets Co. en la que figura como ordenante nuestro Ministerio del Interior. Como agente doble que soy, cada manifestación y cada ridículo grafiti de estos pintamonas era previamente comunicado por mí a la policía del Zepporro Máximo. De este modo unos cuantos disidentes eran detenidos y el tirano con zapatos de rejilla no ponía en duda mi lealtad.
TROZO (avec étonnement): ¡Impostora!
MORSA (avec une grande bonté): ¡Mala!
JUEZ TOMOYA (aplaudiendo en pie): ¡Guapa! ¡Guapa!... ¡A ver, a ver!... ¡Un momento, por favor! ¡Silencio todo el mundo! Taquígrafo Martín, que no conste en acta nada de lo dicho anteriormente. Ni piropo, ni lingotes, ni toblerones. Arranque la tira de papel de la estenotipia y tráguela de inmediato. Ujier, traiga agua a Martín, que lo está pasando mal, y cámbiele la máquina por mi piano de juguete. Sí, el piano azul celeste con teclas amarillas y blancas que me gusta tanto. Muy bien, muy bien, ése es. Y ahora, Martín, toque algo de Satie para facilitar el tránsito. El segundo movimiento de Embryons desséchés, por ejemplo. Y hágalo como el mismo Satie sugería: «como un ruiseñor con dolor de muelas».
DUQUESA DE KIRKCALDY (mientras suena el Embryon desséchés d'Edriophthalma y mirando con lástima fingida a Trozo y Morsa, con infinita paciencia al Juez, y con altivez a los abogados y al público de la sala): Señoría, letrados, tristes cerilleras, niña descalza, ciudadanos de Nuestra República Tristemente Exiliada: estos dos hombres que aquí ven no son rebeldes ni héroes. Son funcionarios corruptos con uniforme de grafitero. Y en este coqueto neceser tengo grabaciones en las que los acusados se mofan de sus seguidores y discuten el porcentaje de sus mordidas.
JUEZ TOMOYA (ligero como un huevo): Vaya, vaya con los pajaritos. Pues a mí estos buenos mozos de repente no me suenan de nada. Sus nombres sí, claro, ¡qué cansinos!, están pintarrajeados en cada esquina de Mi Bonita República. Pero, un momento... ¿por qué los juzgo hoy si ayer eran mis corruptos empleados y yo el corruptor? ¡Qué follón, Margarita! ¡Cómo me confunden siempre las alcantarillas del Estado! ¿De verdad hacíamos todo esto a cambio de toblerones?
DUQUESA DE KIRKCALDY (avec beaucoup de patience): Te estás liando, cariño... digo, Alteza. Lo hacíamos, sí, a cambio de los toblerones que te vuelven majara, pero también con el habitual propósito de, llegado el caso, ensuciar el prestigio de Trozo y Morsa para que no te hicieran sombra. Míralos, por Dios ¿no ves que son mucho más guapos que tú?
JUEZ TOMOYA (très douloureux): ¡Ay Margarita, cómo sabes hacerme daño, espinita mala, guapa y resalada! ¿Y qué quieres que haga con ellos? ¿Y qué quieres que toque ahora Martín?
DUQUESA DE KIRKCALDY: Quiero que Martín vuelva a tocarla, pero esta vez bien. Y quiero que Trozo y Morsa, y todo el público en sala, el ujier, abogados, fiscal, policías, técnicos de mantenimiento y esa señora que se está abanicando, sean enviados muy lejos y convenientemente sobornados para que guarden silencio sobre lo aquí escuchado. Y que les acompañe el Embajador Torrija y quede allí para vigilarlos y porque es muy pesado. Podría pedir sus cabezas o sus lenguas y acabaríamos antes, pero es un cliché y bien sabes que me aburren los tópicos.
JUEZ TOMOYA: Es mucha gente, cielo... ¿Tendremos bastantes lingotes?
DUQUESA DE KIRKCALDY (sans vibrer): De sobra tenemos.
JUEZ TOMOYA (très perdu): Está bien. Sea como dices, perla fina... ¡Todo el mundo en pie para escuchar la sentencia! Por la autoridad que me concedo, para salvaguardar la seguridad nacional y por darle gusto a la duquesita, declaro a toda la sala en estado de Exilio al Cuadrado Obligatorio y Bien Pagado. Destino: el archipiélago de Svalbard, donde el permafrost sepulta las habladurías y el frío congela las orejas. Al embarcar en el avión de Svalbard Airlines, se les hará entrega de un rifle para protegerse de los osos polares y un lingote de oro. Al Embajador Torrija se le dará una bolsa de papas Matutano, una lata de olivas y un teléfono rojo para que nos vaya informando. Así queda dicho y así se hará.
TROZO Y MORSA (avec une rigoureuse tristesse et à l'unisson): ¡Calzonazos!
JUEZ TOMOYA (du coin de l'œil): ¿Y con Martín qué hacemos, Margaret? Ahora es el taquígrafo que sabía demasiado.
DUQUESA DE KIRKCALDY (d'une manière très particulière): A Martín nos lo quedamos Tomoyita. Será nuestro ruiseñor doliente.



