16.8.26

Cuchillito de luna lunera


TRIBUNAL SUPREMO DE LA PENA, PENITA, PENA.

ACTO ÚNICO: JUICIO ORAL Y FALLO IN VOCE (À LA MANIÈRE DE SATIE).

DECLARACIÓN PRESTADA POR LA DUQUESA DE KIRKCALDY ANTE EL JUEZ ABSOLUTO Y ÚNICO: SU ALTEZA GUAPÉRRIMA E ILUSTRÍSIMA TOMOYA PRIMERO DE AQUÍ Y QUINTO DE SU CASA.




JUEZ TOMOYA: ... A ver, Margarita... digo, Duquesa de Kirkcaldy, ¿cuál es su función dentro de la estructura de pagos de la Seguridad Nacional Medusiana?


DUQUESA DE KIRKCALDY (avec sonatine bureaucratique): Mi función es gestionar los Fondos Reservados de la sección denominada «Oposición Controlada». En el caso que aquí nos ocupa yo era la persona encargada de asegurar que los acusados tuvieran los recursos necesarios para mantener su fachada de revolucionarios.


JUEZ TOMOYA: ¿Afirma usted entonces que el dinero que recibían los investigados no provenía del Gran Cetrino sino de este Gobierno en el Exilio que Yo presido y represento?


DUQUESA DE KIRKCALDY: Exactamente. El insoportable sátrapa, llamado por su oprimido pueblo «el Gran Orinonauta» porque tiene la vejiga de un canario, no era el que enviaba los lingotes de oro a cambio de toblerones a las cuentas de Trozo y Morsa en Ginebra. Aquí tengo los comprobantes de transferencia al Strudel, Bratwurst & Liquid Assets Co. en la que figura como ordenante nuestro Ministerio del Interior. Como agente doble que soy, cada manifestación y cada ridículo grafiti de estos pintamonas era previamente comunicado por mí a la policía del Zepporro Máximo. De este modo unos cuantos disidentes eran detenidos y el tirano con zapatos de rejilla no ponía en duda mi lealtad.


TROZO (avec étonnement): ¡Impostora!


MORSA (avec une grande bonté): ¡Mala!


JUEZ TOMOYA (aplaudiendo en pie): ¡Guapa! ¡Guapa!... ¡A ver, a ver!... ¡Un momento, por favor! ¡Silencio todo el mundo! Taquígrafo Martín, que no conste en acta nada de lo dicho anteriormente. Ni piropo, ni lingotes, ni toblerones.  Arranque la tira de papel de la estenotipia y tráguela de inmediato. Ujier, traiga agua a Martín, que lo está pasando mal, y cámbiele la máquina por mi piano de juguete. Sí, el piano azul celeste con teclas amarillas y blancas que me gusta tanto. Muy bien, muy bien, ése es. Y ahora, Martín, toque algo de Satie para facilitar el tránsito. El segundo movimiento de Embryons desséchés, por ejemplo. Y hágalo como el mismo Satie sugería: «como un ruiseñor con dolor de muelas».


DUQUESA DE KIRKCALDY (mientras suena el Embryon desséchés d'Edriophthalma y mirando con lástima fingida a Trozo y Morsa, con infinita paciencia al Juez, y con altivez a los abogados y al público de la sala): Señoría, letrados, tristes cerilleras, niña descalza, ciudadanos de Nuestra República Tristemente Exiliada: estos dos hombres que aquí ven no son rebeldes ni héroes. Son funcionarios corruptos con uniforme de grafitero. Y en este coqueto neceser tengo grabaciones en las que los acusados se mofan de sus seguidores y discuten el porcentaje de sus mordidas.


JUEZ TOMOYA (ligero como un huevo): Vaya, vaya con los pajaritos. Pues a mí estos buenos mozos de repente no me suenan de nada. Sus nombres sí, claro, ¡qué cansinos!, están pintarrajeados en cada esquina de Mi Bonita República. Pero, un momento... ¿por qué los juzgo hoy si ayer eran mis corruptos empleados y yo el corruptor? ¡Qué follón, Margarita! ¡Cómo me confunden siempre las alcantarillas del Estado! ¿De verdad hacíamos todo esto a cambio de toblerones?


DUQUESA DE KIRKCALDY (avec beaucoup de patience): Te estás liando, cariño... digo, Alteza. Lo hacíamos, sí, a cambio de los toblerones que te vuelven majara, pero también con el habitual propósito de, llegado el caso, ensuciar el prestigio de Trozo y Morsa para que no te hicieran sombra. Míralos, por Dios ¿no ves que son mucho más guapos que tú?


JUEZ TOMOYA (très douloureux): ¡Ay Margarita, cómo sabes hacerme daño, espinita mala, guapa y resalada! ¿Y qué quieres que haga con ellos? ¿Y qué quieres que toque ahora Martín?


DUQUESA DE KIRKCALDY: Quiero que Martín vuelva a tocarla, pero esta vez bien. Y quiero que Trozo y Morsa, y todo el público en sala, el ujier, abogados, fiscal, policías, técnicos de mantenimiento y esa señora que se está abanicando, sean enviados muy lejos y convenientemente sobornados para que guarden silencio sobre lo aquí escuchado. Y que les acompañe el Embajador Torrija y quede allí para vigilarlos y porque es muy pesado. Podría pedir sus cabezas o sus lenguas y acabaríamos antes, pero es un cliché y bien sabes que me aburren los tópicos.


JUEZ TOMOYA: Es mucha gente, cielo... ¿Tendremos bastantes lingotes?


DUQUESA DE KIRKCALDY (sans vibrer): De sobra tenemos.


JUEZ TOMOYA (très perdu): Está bien. Sea como dices, perla fina... ¡Todo el mundo en pie para escuchar la sentencia! Por la autoridad que me concedo, para salvaguardar la seguridad nacional y por darle gusto a la duquesita, declaro a toda la sala en estado de Exilio al Cuadrado Obligatorio y Bien Pagado. Destino: el archipiélago de Svalbard, donde el permafrost sepulta las habladurías y el frío congela las orejas. Al embarcar en el avión de Svalbard Airlines, se les hará entrega de un rifle para protegerse de los osos polares y un lingote de oro. Al Embajador Torrija se le dará una bolsa de papas Matutano, una lata de olivas y un teléfono rojo para que nos vaya informando. Así queda dicho y así se hará.


TROZO Y MORSA (avec une rigoureuse tristesse et à l'unisson): ¡Calzonazos!


JUEZ TOMOYA (du coin de l'œil): ¿Y con Martín qué hacemos, Margaret? Ahora es el taquígrafo que sabía demasiado.


DUQUESA DE KIRKCALDY (d'une manière très particulière): A Martín nos lo quedamos Tomoyita. Será nuestro ruiseñor doliente.

29.4.26

El rey de Marigold



Recordé un texto de Pessoa cuando aparecieron por la curva del camino y vi que eran muchas, Maroto, y jóvenes. Todas cerilleras. Me pregunto ahora si hicimos bien reclutando tantas. Venían cantando por la vieja carretera que conduce a la capital y el sonido de sus voces era alegre. Creí que venían hacia aquí, a celebrar con nosotros lo ocurrido sobre el balcón presidencial pero, entonces, se desviaron hacia la cárcel. Agitaban pancartas y coreaban los nombres de Trozo y Morsa, que en prisión aguardan, petulantes, el fallo del Tribunal Supremo Unipersonal. Las escuché un rato a lo lejos. Primero con frialdad, después con incipiente rencor y, finalmente, con desasosiego portugués. ¿Qué causaba esa inquietud? ¿Era por su futuro? ¿Por su inconsciencia? No, feliz Maroto, no. Era directamente por ellas o, ¿quién sabe?, tal vez tan sólo por mí. 


Se perdieron sus voces en la distancia y todo quedó callado en mi parterre. Todo callado y quieto, como si el universo hubiera decidido que seguir adelante era un disparate. El viento, perplejo, era una bandera desganada, izada sobre el esqueleto de un cuartel al raso. La Historia, Maroto, escrita así, con mayúsculas, me decía que ya no me quería en medio de su alboroto. Quería ser solo rumor para mí, y que yo fuese, si me apetecía, un espectador más de ella. ¿Debí escucharla? ¿Puede uno rebelarse contra una fuerza tan poderosa? ¿La Historia, si pudiese pensar, se pararía? ¿Están buenos esos nísperos? Los hice traer desde Callosa d’en Sarrià para ti, Maroto, porque es de admirar cuánto te quiero. 


Fíjate ahora en ese mirlo. Qué frágil es la rama sobre la que se apoya. Sabes que yo siento vértigo -lo hemos hablado muchas veces-, mira, me sudan las manos. Ay, Maroto, temo que este viento desequilibre al pajarillo, que caiga entonces y se rompa el pico. Tú, sin embargo, ¿no sientes ninguna angustia? ¿Cómo lo consigues? Te envidio, cómo te envidio, cómo quisiera poder disfrutar así de un níspero y que me importasen un rábano el pobre mirlo, las cerilleras, las niñas descalzas, el ajedrez humano y las duquesitas... Escucha... ¿Llora un niño en Palacio? Oigo un llanto. Y un suspiro parecido al de los acróbatas, como decía Huidobro. Y ya no escucho a Diga la Única tocando el piano a los retoños en el salón. Esto es insufrible, Maroto. Todo me preocupa a la vez. 


Lo sensato, sin duda, sería quedarme en esta orilla donde sí hago pie. Retirarme de los propósitos y aspiraciones de la vida, dejar todo ello a tipos más amorales, incapaces e hiperexcitados, como el maldito sátrapa Polosco. Pero estoy hecho de mala arcilla. Como tú, Maroto. Como la Torrija, que tanto me enerva y saca lo peor de mí. Y ya ves: cuanto mayor es la distancia que me separa de Tomoyasville, cuanto más evito el contacto y más me arrincono, más se intensifica en mí una desbordante emotividad y los incidentes mínimos me sacuden como hecatombes. No puedo seguir así, por tentadora que sea esta vida apartada, por más agradable que sea estar viéndote comer níspero tras níspero. Navegar es preciso, Maroto. Lo decían los argonautas y así debe de ser. Mi mirada es fértil y ve infinidad de caminos dorados hacia Tomoyasville. Darle la vuelta a la situación no será difícil poniendo en práctica las artimañas habituales. Aún disponemos de agentes infiltrados por toda la República. Mira, por detrás de aquel seto se acerca ya la bella y ociosa Duquesa de Kirkcaldy que, como siempre, llega tarde y sonriente. Qué ambiciosa y bonita es. ¡Y qué rápido se ha quitado el disfraz de cerillera! Ve sacando el dossier sobre Trozo y Morsa. Todo irá bien. Y no creas que no me doy cuenta de que esas palmadas que me estás dando en la espalda no son para demostrarme tu apoyo, sino para limpiarte las manos pringosas de tanto pelar nísperos. 

5.4.26

Mientras podamos


El columpio. Jean-Honoré Fragonard. 1767


Hombre, Consejero Torrija, por fin se digna usted a aparecer con la podadora. Espabile de una vez, joder, que le envié al Caribe de Embajador y regresó usted especializado en mirar moscas. Y encima me trajo estos dichosos equisetos dominicanos que me están malogrando toda la rosaleda, hostias. Mire, vamos a sentarnos un rato en el poyete bajo la enramada porque me estoy alterando sobremanera. 


Qué sofoco por Dios. Anda, Torrija, sécame el sudor de la frente y ahórrate el chiste acerca de mi alopecia y la creciente superficie que hay que secar. Te reconozco que tenía su gracia cuando lo decías de mi cuñado mayor, pero ahora ya no me resulta divertido. No refunfuñes y coge la toalla. La de cuerpo entero, sí. 


Ay, ociosa y sarcástica Torrija, desde ayer estoy bastante alterado. ¿Quién me manda a mí contestar al Cretino Máximo en La Gacetilla? Dime tú, Torrija mía, para qué narices te quiero de Consejero Áulico si no frenas estos impulsos. Anda, tráeme el tabloide ése que quiero releerlo para mortificarme.


Escucha: “Comunicado de Tomoya I al usurpador Zeporro Máximo”... ¡Ay Dios Santo! Pero ¿no ves lo estomagante que soy? Qué ínfulas, joder. ¿Pero por qué escribo así si, en realidad, soy muy sencillo? ¡Corta esa petunia, diantres! ¿No ves que sobresale del seto y rompe toda armonía? Y espabila a los cisnes, que a estas horas tendrían que estar ya nadando grácilmente en el estanque de Perseo. ¿Pero tan difícil es contentarme? 


Escucha ahora esto: ¡”Bostezo de mármol”! ¿Pero qué narices es eso, Torrija? ¿Cómo me dejas escribir estas sandeces? Corrígeme, hombre, corrígeme y contenme cuando escribo, por favor te lo pido, que ya sabes que me desboco y creo ser un pope del surrealismo... ¿Que “mi vieja sangre se encabrita” ? ¿Pero si cada vez que pienso en Polosco y Gandul, sus zumbas y sus cráneos, me entra una pereza mortal y sufro descomposición de estómago? ¿No ves que yo simplemente quiero estar aquí, en mi rosaleda, y pasear a lomos de mi pony Claude entre tulipanes y campos de chufas? 


¡Ayuno de patria! Vamos, no me jodas, Tomoya I. Mucho me duele que su llorada capital Tomoyasville, hoy tiranizada por el sátrapa Zepporro, se haya convertido, como diría Morrissey, en un infierno indescriptible. Un desfile de cerilleras, limpiabotas, trileros, augures de mala muerte, lazarillos y deshollinadores; mimos, profanadores de tumbas y ortodoncistas callejeros; tunos, niñas descalzas de los Alpes, ratas muy gordas y tunos maquillados como mimos, harapientos todos y sumergidos en la carencia y el desconsuelo.


Pero, aunque ese desfile de imágenes torturadas me conmueve hasta la desesperación, Torrija querida, no dejes que mi alocado amor por la República Medusiana me separe de este edén en el exilio serrano. Soy muy feliz en Villa I, Me, Mine; mi Giverny privado con puente japonés sobre estanque de nenúfares, mi Manderley sin siniestra ama de llaves. Mira qué alegre está también Diga la Única, ora en su columpio rococó, ora en su invernadero de plantas carnívoras. Es conmovedor. 

Por cierto Torrija, antes de que se me olvide: el ajedrez humano del Parterre Sur lleva nueve días parado porque no consigo decidirme entre una defensa Caro-Kann o una Alekhine. Empecé la partida contra el Emérito Embajador Maroto y temo que las piezas se nos amotinen por inanición o aburrimiento. Yo soy indeciso, vale, lo acepto, pero Maroto es lentísimo decidiendo movimientos. Qué pesadez de hombre. Desde que se jubiló reparte su tiempo entre las endivias al roquefort y el pilates. Así que, Torrija querida, hazme el favor de llevar luego unas lionesas de chocolate a los peones más levantiscos para aplacar sus ansias de coronar. Joder, Torrija, a este prosecco le sobra otra vez un grado de temperatura. De seis a ocho grados es lo suyo, siempre te lo digo, caramba. Y en copa tulipán, por favor, no en este vaso de publicidad de Colacao. Dime, Torrija, ¿crees que podríamos enviar un desmentido a La Gacetilla? ¿Desabofetear lo abofeteado? Resultaría muy tedioso volver a las hostilidades. Los presidentes, ya se sabe, dicen una cosa y luego hacen la contraria sin ningún rubor. Aconséjame Torrija, por favor. 


Y vigílame de cerca a los jóvenes ministros Morsa y Trozo. Con la excusa de darle contenido a sus respectivas carteras de Propaganda y Cultura, están llevando una campaña obvia de autobombo en las calles de Tomoyasville grafiteando su nombre en cada tapia. Sé que esto molesta a Zepporro, pues las cerilleras y demás desdichados y buscavidas lo ven como un indicio de debilidad del régimen, una esperanza de insumisión, un sueño de ver al sátrapa peleando con las ratas gordas por un trozo de pan seco, y ello me place. Pero yo les sugerí que, de vez en cuando, pintaran también mi nombre con alguna elegante letra capitular fitomórfica iluminada con pan de oro, y se excusan en que es muy largo y gastan mucho espray. ¿Te lo puedes creer? No les quites ojo de encima que los veo ambiciosos y guapos. ¡Pero bueno Torrija! ¿Acaso buscas respuesta a todas mis tribulaciones en el vuelo de esa estúpida mosca mientras te cae la baba? Anda, alcánzame otra vez la herramienta y seamos felices mientras podamos.