Recordé un texto de Pessoa cuando aparecieron por la curva del camino y vi que eran muchas, Maroto, y jóvenes. Todas cerilleras. Me pregunto ahora si hicimos bien reclutando tantas. Venían cantando por la vieja carretera que conduce a la capital y el sonido de sus voces era alegre. Creí que venían hacia aquí, a celebrar con nosotros lo ocurrido sobre el balcón presidencial pero, entonces, se desviaron hacia la cárcel. Agitaban pancartas y coreaban los nombres de Trozo y Morsa, que en prisión aguardan, petulantes, el fallo del Tribunal Supremo Unipersonal. Las escuché un rato a lo lejos. Primero con frialdad, después con incipiente rencor y, finalmente, con desasosiego portugués. ¿Qué causaba esa inquietud? ¿Era por su futuro? ¿Por su inconsciencia? No, feliz Maroto, no. Era directamente por ellas o, ¿quién sabe?, tal vez tan sólo por mí.
Se perdieron sus voces en la distancia y todo quedó callado en mi parterre. Todo callado y quieto, como si el universo hubiera decidido que seguir adelante era un disparate. El viento, perplejo, era una bandera desganada, izada sobre el esqueleto de un cuartel al raso. La Historia, Maroto, escrita así, con mayúsculas, me decía que ya no me quería en medio de su alboroto. Quería ser solo rumor para mí, y que yo fuese, si me apetecía, un espectador más de ella. ¿Debí escucharla? ¿Puede uno rebelarse contra una fuerza tan poderosa? ¿La Historia, si pudiese pensar, se pararía? ¿Están buenos esos nísperos? Los hice traer desde Callosa d’en Sarrià para ti, Maroto, porque es de admirar cuánto te quiero.
Fíjate ahora en ese mirlo. Qué frágil es la rama sobre la que se apoya. Sabes que yo siento vértigo -lo hemos hablado muchas veces-, mira, me sudan las manos. Ay, Maroto, temo que este viento desequilibre al pajarillo, que caiga entonces y se rompa el pico. Tú, sin embargo, ¿no sientes ninguna angustia? ¿Cómo lo consigues? Te envidio, cómo te envidio, cómo quisiera poder disfrutar así de un níspero y que me importasen un rábano el pobre mirlo, las cerilleras, las niñas descalzas, el ajedrez humano y las duquesitas... Escucha... ¿Llora un niño en Palacio? Oigo un llanto. Y un suspiro parecido al de los acróbatas, como decía Huidobro. Y ya no escucho a Diga la Única tocando el piano a los retoños en el salón. Esto es insufrible, Maroto. Todo me preocupa a la vez.
Lo sensato, sin duda, sería quedarme en esta orilla donde sí hago pie. Retirarme de los propósitos y aspiraciones de la vida, dejar todo ello a tipos más amorales, incapaces e hiperexcitados, como el maldito sátrapa Polosco. Pero estoy hecho de mala arcilla. Como tú, Maroto. Como la Torrija, que tanto me enerva y saca lo peor de mí. Y ya ves: cuanto mayor es la distancia que me separa de Tomoyasville, cuanto más evito el contacto y más me arrincono, más se intensifica en mí una desbordante emotividad y los incidentes mínimos me sacuden como hecatombes. No puedo seguir así, por tentadora que sea esta vida apartada, por más agradable que sea estar viéndote comer níspero tras níspero. Navegar es preciso, Maroto. Lo decían los argonautas y así debe de ser. Mi mirada es fértil y ve infinidad de caminos dorados hacia Tomoyasville. Darle la vuelta a la situación no será difícil poniendo en práctica las artimañas habituales. Aún disponemos de agentes infiltrados por toda la República. Mira, por detrás de aquel seto se acerca ya la bella y ociosa Duquesa de Kirkcaldy que, como siempre, llega tarde y sonriente. Qué ambiciosa y bonita es. ¡Y qué rápido se ha quitado el disfraz de cerillera! Ve sacando el dossier sobre Trozo y Morsa. Todo irá bien. Y no creas que no me doy cuenta de que esas palmadas que me estás dando en la espalda no son para demostrarme tu apoyo, sino para limpiarte las manos pringosas de tanto pelar nísperos.


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